
Lo tierno y lo débil vencen lo duro y fuerte
Lao Tse, Tao Te King
Por recomendación de Pablo D’Ors leí Los Ojos del Hermano Eterno de Stephan Zweig. Libro que sugiero para personas que quieran indagar sobre la voluntad de nuestros actos, la culpa, el miedo, la vida contemplativa, el que hacer y el no hacer. Luego, este libro me llevó a leer Miedo del mismo autor, que a través de la historia de Irene, se postula la frase «la saciedad y el hambre son iguales de insoportables». La frase entró directo, profundo y rasgando mi pecho, ardía todo mi torso. Sentí que posiblemente gran parte de mi vida me he movido entre el péndulo del hambre y la saciedad.
¿Por que sentí incomodidad? ¿Logramos encontrar saciedad plena en nuestras vidas? ¿Qué significa estar satisfecho desde un lugar sano? ¿No nos queremos aceptar que si no estamos en la búsqueda de algo, nuestra existencia se siente vacía? ¿Encontramos sentido solo si hay algo que se desea o busca?
En la filosofía del Yoga plasmada por Patanjali en el Yoga Sutra, a través de una de sus ramas, los Yamas y Niyamas, aquellos principios éticos que llevan a la virtuosidad del ser humano, existe el Santosha, el contentamiento o satisfacción, lograr un estado de dicha con lo que es, lo que se hace y lo que se tiene. De forma similar desde la sabiduría oriental, Buda explica la razón del sufrimiento a través del concepto de Dukkha, es decir deseo o apego. Desde estos saberes espirituales se ha tratado de enseñar que si logramos desapegarnos de todo deseo, encontraremos la paz y armonía en nuestras vidas, porque habremos comprendido que la felicidad no está afuera con las cosas sino adentro con el ser.
Por otro lado, recordé La insoportable levedad del ser de Milan Kundera. Como entendí el libro del autor, un estado de ligereza es insoportable, en nuestra vida, pero desafortunadamente cuando ponemos peso a las cosas como las relaciones o los propósitos, esta se hace insoportable también. Así como Gabriel Rolón en su charla ¿Cómo cambia el amor a lo largo de los años? comenta que los dolores del amor (los más comunes en sus pacientes) hay que diferenciarlos; creemos que sufrimos por necesidad, pero la realidad es que es por deseos no cumplidos, realmente pocas cosas necesitamos para vivir; comida, cuidado, agua, sueño….el resto es deseo.
No caben dudas que el deseo ha sido una de las energías determinantes para el progreso humano; este nos ha hecho evolucionar, encontrar sentido y buscar los caminos hacia una mejor civilización. Tampoco podríamos negar que un estado de dicha plena, en el que sentimos que todo está en orden, tranquilo, acomodado en su lugar, es deseable también, porque nos sentimos completos.
La mala noticia, basada en mi experiencia con cientos de historias y la personal, es que ambas cosas tienen una tendencia a durar poco. El deseo se convierte en hambre, ambición y por eso muchas veces en desdicha, porque no nos conformamos con nada, creemos que siempre nos falta algo o alguien. Y en la saciedad igual, nos petrifica saber que todo está bien, entonces buscamos consciente o inconscientemente una razón para sabotear ese estado, tal vez porque nos enfrenta sin mucha cosa ni armadura a quienes somos, algo muchas veces insoportable de lidiar porque varias veces es darnos cuenta que somos la construcción de algo, en un estado más puro, somos vacío en esencia, nada de eso nos pertenece y eso nos deja sin respuestas, sin piso.
¿Existe un estado ideal?
Hace poco estuve leyendo Dejar Ir de David Hawkins, y de forma inesperada este psiquiatra me regaló un par de pistas sobre encontrar esa justa medida. Primero, dejar ir, dejar ir esas emociones que obstaculizan la armonía. Dejar ir, lejos de referirse a escapar, sino a entregar las emociones, así como vienen, sin vergüenza ni juicio. Aceptar que tenemos culpa, deseo o apegos será mejor que negarlo, reprimirlo o proyectarlo.
Y por otro lado, elevarnos a estados de conciencia como la aceptación, el amor y la paz; como estados en los que comprendemos que cada cosa que vivimos es perfecta, es la necesaria. En mis palabras, nos entregamos a la naturaleza y suceso de las cosas que vivimos, y así no hay saciedad ni hambre, solamente estamos fundidos en el mismo devenir del universo.
Finalmente, y como cierre al comentario de mi rasgadura de pecho que ardía y hacía sentir incomodo mi ser, debo admitir que nuevamente la meditación resultó ser una buena compañera. Este es un momento para agradecerle a las maestras y los maestros de mi camino que me enseñaron que esa técnica nos puede ayudar a dejar ir, entregarnos a la aceptación (así sea dolorosa) y sentir unicidad con la existencia.
Namasté