Vidas pasadas

¿Crees en las vidas pasadas? ¿Crees que es coincidencia y producto del azar las personas que entran en contacto con tu vida? ¿El destino está determinado o hay incertidumbre en el devenir del universo? Para los más «racionales» y científicos, esta última pregunta sigue siendo el centro del debate entre la física clásica y la física cuántica. Para los más «espirituales», también existen múltiples abordajes, por ejemplo en las culturas orientales es algo predeterminado en otras enseñanzas occidentales no es así; es decir, esto está lejos de ser una discusión sencilla y resuelta.

Hace unos meses tuve la oportunidad de ver la película Vidas Pasadas de Celine Song. Un drama excepcional que te muestra diferentes ángulos sobre la vida con un concepto central denominado In-yun que significa «destino o providencia». Mucho se ha hablado y criticado de la película, por algo fue nominada a diferentes premios, desde este humilde lugar me permito compartir algunas reflexiones que me dejó la película.

Cada persona es un universo de lecciones

He investigado sobre el mencionado concepto budista In-yun y no ha sido fácil encontrar más del tema a profundidad. Sin embargo, no es nuevo que el Budismo plantee enseñanzas acerca de la interconexión e interdependencia en el universo. Como entiendo el mensaje de la película, nos lleva a un darse cuenta de las personas que pasan por nuestras vidas. Ese amigo, pareja, ex-pareja, jefe, ex-jefe, familiar, profesor, victimario, víctima, colega, vecino…no está por casualidad, tal vez, hay más causalidad de la que podemos ver aparentemente y estará en nosotros darle contenido y comprensión a las lecciones que nos va dejando cada ser humano en nuestro camino.

La vida es un ensayo-error

Como plantea Milan Kundera en la Insoportable levedad del ser, la vida no es algo que puedes testear para luego corregir, porque solo tenemos una. Eso hace que tenga fluidez y peso a la vez, porque nuestras decisiones (hablo de las importantes) no se basan en evaluaciones sino en instintos, intuiciones y corazonadas. Por eso, el «que hubiera sido» que tanto plantea la película, es una ilusión, nos toca decidir con lo que tenemos y con lo que creemos. Es un llamado a vencer los miedos del análisis y no acción para lanzarnos a hacer, arriesgar, jugársela.

Grandes sueños, grandes renuncias

A la protagonista le sucede algo similar a algo que nos pasa a la mayoría de personas. Soñamos de niños con la sabía inocencia propia de no tener corrompida nuestra mente producto de una sociedad que va acabando anhelos a cambio de encajar en un sistema. Ella, en su niñez quería ser una gran escritora y ganar el nobel de literatura, pero en su edad adulta su sueño va en ser una buena editora o dramaturga. ¿Cuántos de nosotros no hacemos una transacción entre esas ilusiones más profundas y el pragmatismo de tener casa, carro y beca?

Las «grande ciudades» son lugares impersonales

—¿Ya no lloras tanto? —pregunta el protagonista.

—No —contesta la protagonista.

—¿Por qué?

—Acá (en Nueva York) a la gente no le importa mucho.

Ese pequeño diálogo pone el dedo en la llaga sobre las grandes urbes. Estos apoteósicos lugares de progreso y riqueza que son inversamente proporcionales a lo comunitario y el bienestar. Las vastas ciudades no brindan un tejido de cuidado para nuestra salud mental y emocional. Cada vez estamos más solos y aislados para compartir lagrimas, penas y dolores.

Matizar el amor

El amor son muchos tonos de grises y no blanco o negro. ¿Podemos amar a más de una persona en un nivel romántico? ¿Tenemos amores que nunca se olvidan? ¿Hacemos transacciones con el amor basado en un instinto de mayor felicidad y no solo placer? ¿No decimos estas cosas porque la sociedad nos puede castigar hipócritamente?

Desde esta orilla, la respuesta a todas esas preguntas es probablemente que SI.

Contrario a lo que nos han mostrado muchas películas, la protagonista, a pesar de tener un profundo amor por el personaje que conoce hace 20 años, decide seguir con su pareja actual, quien sorprendentemente es comprensiva, empática y le presta su hombro para llorar ese amor que no fue. ¿Seremos capaces de renunciar a nuestro ego por nuestra felicidad como lo hace Arthur en la película?

Vidas pasadas deja último aprendizaje que quiero compartir, tal vez el más valioso: que sigamos bajo la sospecha sobre las no certezas de vivir y la vida, menos en lo relacionado a la complejidad de nuestras decisiones sobre las emociones.

Namaste

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